miércoles, 24 de noviembre de 2010

A veces, después de cenar, daba largos paseos por la playa. El mar es diferente de noche, más misterioso que durante el día, y bajo la luz de la Luna parece fosforescente, como si las negras aguas estuvieran salpicadas de fuegos, fatuos.
Durante la noche, la playa se hallaba vacía, salvo por la ocasional presencia de algún que otro pescador de marea baja, pero a mí me gustaba esa soledad.
A los lejos podía verse el haz intermitente de un faro, y a veces se distinguían en el horizonte las luces de algún barco.
Las estrellas eran un dosel de candelas colgado sobre el océano.
Solía tumbarme en la arena y mirar el firmamento.

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